El tres de
noviembre de 1931 amaneció caluroso y pesado. Don Juan
Zorrilla se levantó como de costumbre, a las siete y media
para oir misa de ocho en la Catedral . Como siempre, salió fortalecido,
con su cabeza erguida, su bastón y galera de copa alta,
desafiando a la vida con optimismo. De regreso, trabajó hasta
las doce en su escritorio y entregó a su hija el último capítulo
de su libro "La profecía de Ezequiel" para que lo copiara a máquina.
Luego se marchó a su acostumbrada reunión de la librería de Barreiro.
Cuando se preparaba para ir a recitar poesías a la "Hora del hogar"
con el fin de tomar bien el tiempo de sus recitados ya que muy
pronto iría a Buenos Aires para grabar trozos de "La Leyenda Patria"
y "Tabaré", cayó al suelo luego de mostrarse tambalenate. El Dr.
Mario Artagaveytia acudió y determinó que el cuadro era grave:
una seria dilatación al corazón.
Eran las 11 de la noche. La patria estaba de duelo.
Media hora después la policía organizaba la entrada de la multitud
que se agolpaba en la calle Rincón esquina Treinta y Tres. Todo
el día cuatro de noviembre fue velado en su casa, en la noche llevaron
el féretro en silencio hasta la Catedral y de allí al pie de la
estatua de Artigas en la Plaza Independencia donde fue acompañado
toda la noche. El día cinco, por la tarde fue llevado a pulso hasta
el Panteón Nacional.
Pronunciaron discursos los embajadores de España, Chile, Argentina,
Brasil; los presidentes de la Cámara de Senadores y los Diputados.
"La voz de la Patria" oriental vibró sobre el territorio interpretada
por el Presidente de la República, doctor Gabriel Terra. Solicitó
a la Asamblea General "que se autorice por ley la rendición
de los máximos honores públicos a los restos mortales del insigne
vate que acaba de desaparecer."
"Cantor de nuestras pasadas glorias,
fue gloria él mismo de las letras nacionales..."