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Don Juan Manuel cuidó celosamente
la educación
de sus hijos. Con tan solo cuatro y cinco años los confió al
Rector de los padres Bayoneses, Juan del Carmen Souberbielle. El
viejo Zorrilla iba personalmente a buscar los niños al salir
del colegio. Era muy católico. Los llevaba a la Catedral
a la Bendición Mayor, de allí, envueltos en sahumerio
de incienso y mirra llegaban diariamente a la botica de Yéregui,
de don Juan Fermín de Yéregui, natural de Tolosa,
llegado a Montevideo a principios del siglo XX. Como en todo pueblo
que se iniciaba, el alcalde, el cura y el boticario, eran personajes
representativos; en las actuales calles Zabala y Rincón
se encontraba la botica y alrededor de las seis de la tarde desfilaban
los contertulios, pasando a la trstienda donde se organizaban campeonatos
de truco, tresillo y ajedrez. Juan Manuel, el padre del poeta,
concurría llevando como
compañía a sus dos hijos, Juan y Alejandro, quienes
jugaban a las bolitas en la vereda con amigos y compañeros.
En marzo de 1866,
Juancito llegó a la Inmaculada Concepción,
en Santa Fe, República Argentina, cuando tenía tan
solo diez años. Junto a su hermano Alejandro, concurrió como
pupilo. Sufrió con el cambio, tuvo que aclimatarse al medio,
a la severidad de las reglas, soportó fríos intensos,
calores sofocantes, alimentación medida, meriendas que constaban
solamente de un pan, algunas veces higos de las centenarias higueras
o uvas de las ricas parras del patio, tuvo que esconderse para
llorar en algún rincón, evitando las burlas despiadadas
de los compañeros si llegaban a pillarlo. El recuerdo de
su padre, los dulces que su abuela elaboraba, las bromas de su
tío Nicanor y las delicadas atenciones de Valentina se esfumaban
por algunos años que imaginaba interminables. Los madrugones
costaban sacrificios, a las cinco en verano, a las seis en invierno,
escuchaban la clásica campana ante
la que no cabía pereza, luego a los labatorios, con agua
helada y acto continuo la fila pasando por el claustro para ir
a la capilla a oir Misa. En seguida el estudio y las clases.
Apenas llegados los hermanos Zorrilla,
les fueron entregados sus uniformes que constaban de un chaquetón de sarga azul marino,
pantalón gris y cinturón de charol negro. Lucían
preciosos botones dorados que los buenos estudiantes se enorgullecían
en pulir. Pero algo le preocupaba a Juan. Concurrió ante
el padre Rector y le preguntó si podría cambiar sus
botones ya que éstos llevaban el escudo argentino:
-Quiero escribir a mi padre para que
me envíe otros con
el escudo de mi patria Oriental y que usted me permita cambiarlos.
El sacerdote quedó conmovido
ante tan incipiente patriotismo.
Juan Zorrilla amó y recordó toda su vida aquel colegio
de la Inmaculada Concepción de Santa Fe.
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