Homenaje de los niños y docentes de la Escuela N°52 "Juan Zorrilla de San Martín", Habilitada de Práctica, de San José de Mayo, Uruguay.

 
LOS ESTUDIOS
 
 

Don Juan Manuel cuidó celosamente la educación de sus hijos. Con tan solo cuatro y cinco años los confió al Rector de los padres Bayoneses, Juan del Carmen Souberbielle. El viejo Zorrilla iba personalmente a buscar los niños al salir del colegio. Era muy católico. Los llevaba a la Catedral a la Bendición Mayor, de allí, envueltos en sahumerio de incienso y mirra llegaban diariamente a la botica de Yéregui, de don Juan Fermín de Yéregui, natural de Tolosa, llegado a Montevideo a principios del siglo XX. Como en todo pueblo que se iniciaba, el alcalde, el cura y el boticario, eran personajes representativos; en las actuales calles Zabala y Rincón se encontraba la botica y alrededor de las seis de la tarde desfilaban los contertulios, pasando a la trstienda donde se organizaban campeonatos de truco, tresillo y ajedrez. Juan Manuel, el padre del poeta, concurría llevando como compañía a sus dos hijos, Juan y Alejandro, quienes jugaban a las bolitas en la vereda con amigos y compañeros.

En marzo de 1866, Juancito llegó a la Inmaculada Concepción, en Santa Fe, República Argentina, cuando tenía tan solo diez años. Junto a su hermano Alejandro, concurrió como pupilo. Sufrió con el cambio, tuvo que aclimatarse al medio, a la severidad de las reglas, soportó fríos intensos, calores sofocantes, alimentación medida, meriendas que constaban solamente de un pan, algunas veces higos de las centenarias higueras o uvas de las ricas parras del patio, tuvo que esconderse para llorar en algún rincón, evitando las burlas despiadadas de los compañeros si llegaban a pillarlo. El recuerdo de su padre, los dulces que su abuela elaboraba, las bromas de su tío Nicanor y las delicadas atenciones de Valentina se esfumaban por algunos años que imaginaba interminables. Los madrugones costaban sacrificios, a las cinco en verano, a las seis en invierno, escuchaban la clásica campana ante la que no cabía pereza, luego a los labatorios, con agua helada y acto continuo la fila pasando por el claustro para ir a la capilla a oir Misa. En seguida el estudio y las clases.
Apenas llegados los hermanos Zorrilla, les fueron entregados sus uniformes que constaban de un chaquetón de sarga azul marino, pantalón gris y cinturón de charol negro. Lucían preciosos botones dorados que los buenos estudiantes se enorgullecían en pulir. Pero algo le preocupaba a Juan. Concurrió ante el padre Rector y le preguntó si podría cambiar sus botones ya que éstos llevaban el escudo argentino:
-Quiero escribir a mi padre para que me envíe otros con el escudo de mi patria Oriental y que usted me permita cambiarlos.
El sacerdote quedó conmovido ante tan incipiente patriotismo.

Juan Zorrilla amó y recordó toda su vida aquel colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe.
 
     
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