LA NIÑA Y LA REGADERA

Mamá, acércate una silla
porque te quiero contar.
Dirás: - otra mentirilla.
Pero tienes que escuchar.

Iba con la regadera
para regar el trasplante.
Un tropiezo hizo que viera
que tenía una ayudante.
Seguro hacía algún rato

que acompañándome estaba.
La saludé con recato
y ella un ojo me guiñaba.

Dijo: yo quiero ayudarte.
Y le respondí enseguida:
-Por favor, vas a embarrarte,
vas a quedar renegrida.

Como si no le importaba
el vaporoso vestido
entre los surcos saltaba
con alegre y buen sentido.

Entre los dos, si me crees,
terminamos en un rato.
Así como lo refieres,
resulta un lindo relato.