En el calendario anual de juegos de antaño, hubo un entretenimiento que
siempre tuvo una fecha bien esta-
blecida. Me refiero a la cometa. Aún hoy, primavera, setiembre y cometas
suenan asociados. Cualesquiera de estos nombres sugiere a los otros.
Como todos los elementos que componen nuestro diario vivir, la Cometa también
ha participado de la evo-
lución y el progreso, llegando a su industrialización y comercialización,
lo que nos dice de su standarización.
Las de mi niñez eran artesanales, lo que significaba que obtenida la
edad y conocimientos suficientes, casi siempre, en una verdadera muestra de
talento, quien remontaba era el proyectista, constructor, diseñador y
propietario de esa obra suspendida en el aire al extremo del tenso hilo y a
la cual el viento primaveral despei-
naba sus largos y coloridos flecos.
Muchos eran los modelos. Desde la modesta tijereta, pasando por el barrilete,
la estrella, el lucero, el pam-
baso, el avión y las ideas más sofisticadas que brotaran de las
mentes de los creadores.
Los materiales: cañas, para el armazón, papeles de colores, engrudo
como pegamento, hilo para sujetar la forma del armazón, armar los tiros
y unos cuantos metros para remontar. Dos juncos para la tijereta.
Tiras de telas para la cola que cumple la función de contrapeso para
mantener en la posición correcta el di-
seño construido al suspenderse en el aire.
Una técnica muy utilizada era el encerado del hilo, que lo hacía
mucho más resistente, en especial para re- montar cometas grandes en
días de mucho viento.
Así vemos que remontar una cometa llevaba una etapa previa de construcción
que requería la participación de gran parte de la familia, ya
fuera por tratarse el constructor de un principiante o por la complicación
del modelo elegido.