En mis años de niñez un momento importante de la vida diaria
familiar era la hora de la siesta. Para saber el
momento del día que ocupaba basta decir su significado. Siesta se llamaba
a la hora después del mediodía, en que aprieta más el calor.
Era el tiempo destinado a descansar después de comer.
A todos los niños nos resultaba incomprensible que siendo verano, con
vacaciones escolares, con todo el tiempo del mundo, nos obligaran a acostarnos
a pleno día y en el más absoluto silencio porque siempre había
algún mayor en la casa que tenía que descansar.
El respeto por la siesta era como de un carácter religioso, como una
respetable herencia de los venerables antepasados familiares.
Para los chicos resultaba un ritual que no podía ser violado. Sabíamos
que siempre que pasara algo en la ca-sa, si nos habíamos resistido a
la siesta, recibíamos los coscorrones y penitencia que nos daban el título
de culpables de lo ocurrido aunque ni siquiera supiésemos del accidente
en cuestión. Así, de algo que se rompía o se perdía
se nos acreditaba la responsabilidad con explicaciones como; “ pero muchacho,
¿ ves lo que pasa por no dormir la siesta?”.
Si cometíamos un involuntario desliz y algún adulto salía
a defendernos, lo hacía diciendo: “ pobrecito, lo que pasa es que
no durmió la siesta”.
El sestear no lo apreciábamos, sí lo respetábamos.
Causaban temor las consecuencias que pudiera acarrear su incumplimiento, como
el caso de que una peni-
tencia nos condenara a no salir de la casa, torturándonos el pensar qué
estarían haciendo los amigos en la calle, el parque o la plaza.
Era preferible soportar esas horas de suplicio porque avivaban nuestra imaginación.
Cuántas veces en esas horas de silenciosa soledad sentíamos ser
Tarzán preso de una tribu de feroces caníbales, Robinson Crusoe
en la soledad de la isla en que naufragó, Dick Turpin víctima
de injustas acusaciones, Sandokán, el Tigre de la Malasia, Robin Hood
o el Príncipe Valiente.