El juego del aro, en la actualidad, más conocido que por su práctica,
lo es por su frecuente aparición en estampas coloniales. En esas épocas
su diámetro era de gran tamaño y se empujaba directamente con
las manos o con una muy corta guía de madera o metal.
Yo lo conocí en sus etapas finales, cuando el modelo original, de gran
tamaño, iba disminuyendo su diáme-
tro y para dirigirlo se fue alargando la guía que se construía
con un trozo de palo de escoba o similar, que se remataba con un trozo de alambre
grueso que terminaba hacia un lado en forma de “U” para cumplir
su función de guía direccional con mayor exactitud.
Esto se debió a que tanto disminuyó el diámetro que se
alejó el aro de la mano, recordando el empleo de roldanas de pozos de
agua y más chicas aún.
A los más chicos, después de los empalagosos trámites de
rigor y antes de que a algún mayor se le acabara la paciencia, alguien
de la familia nos construía la versión “amateur” fijando
una ruedita de rulemanes al palo de escoba.
Entonces, con la sonrisa de oreja a oreja y con vestigio del llanto que aún
mojaba las mejillas, salíamos a entreverarnos con los muchachos grandes
en el medio de la calle.
Pero siempre fue difícil ganar el derecho de piso.
Y en este juego también.
Nunca faltó la intervención de algún matón para
poner reglas sorpresivas a los más chicos, como, por ejem-
plo : Ah... no... vos con “eso”... por la vereda.