Recuerdo de mi época de niño el juego de la “bolita”,
muy difundido y practicado por todas las edades, de tal modo que, antes de saber
si su nombre se escribía con “b” o con “v” conocíamos
todos los detalles de su manejo y reglas de juego, aunque no existían
manuales para ello.
Era importante proveerse de una cajita de madera o cartón, para atesorar
las que por su tamaño, dibujos, colores, valor afectivo u otros motivos
no estaban en juego.
Otro elemento importante, para el que se necesitaba la colaboración materna,
de alguna tía o la abuela, era la bolsita de tela, similar a las que
se confeccionaban para disponer las bolillas del juego de “ Lotería”,
aunque de menor tamaño para que no molestara durante la “partida”.
Para el que se tomaba el juego en serio, debía destinarle un tiempo razonable,
como cualquier adulto a su hobby predilecto. Había una tarea permanente,
entre otras, de mantenimiento de las que volvían cascadas o rayadas,
hasta terminar en la clasificación que, por lo menos, debía constar
de tres grupos: buenas, de com-
petencia y de batalla.
Los tiempos de competencia proporcionaban días de grandes alegrías
cuando volvíamos a casa con la bolsa reventando por una docena o más
bolitas ganadas en buena ley y con mejor racha. Pero también, en días
de mala suerte, volvíamos con la bolsa vacía habiendo perdido
desde minguitas, hasta algún balín y algún bo- chón
de los envidiados.
Recuerdo cierto día en que, después de haber sido jefe y patrón
de tantas jornadas de”bolita”, en la escuela me vengo a enterar
de que se le conocía por el nombre de esfera y que, aquella golpeada
y magullada figura de nuestras lides barriales, era nada menos que un aguerrido
escollo de nuestras habituales contiendas con la geometría del espacio.