Fue el último cuento que escribió Paco y se publicó por
primera vez en la revista Asir en 1958. Destinado a ser favorito de la crítica
y a merecer el más unánime entusiasmo fue, paradójicamente,
recibido con frialdad en el momento de su publicación como ha testimoniado
Arturo Sergio Visca, editor de la revista. El cuento que se inserta en la gran
tradición evangélica y medieval de las tentaciones del diablo,
responde, asimismo, a una tradición criolla que Espínola quiso
inventar continuando la serie con otros cuentos de diablo que, finalmente, no
escribió.
Dice Paco: "Es el mismo diablo que ya no embroma a nadie entre las multitudes
del siglo XI europeo. Con el culto a María Mediatriz, absolutamente popular
y merecedor de la alarma de los Padres de la Iglesia, comenzó a hacerse
sentir un concepto corrosivo sobre el Más Allá, que se esfumó
después, yo no sé cómo. Ahí, en esa época,
más o menos, las muchedumbres exteriorizaron su sentir de que el hombre
no es responsable absoluto de sus actos. Vale decir: que los malos no lo son
tanto como por sus acciones lo parecen. Entonces, si esto es así, ¿cómo
puede haber Infierno, punición para la eternidad? El hombre inocente
y sencillo de los campos y de los alrededores no se resignaba a ello. Pero se
hallaba entre la espada y la pared. Infierno tiene que haber: es un dogma; no
se puede discutir su existencia. Pues, entonces, no debiera haber hombres adentro.
(...) Así, ocurre que el Infierno no existe, está lleno de tachos
con aceite hirviente y de llamas; pero no hay ningún hombre".
Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya
desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio Rodríguez hecho
estatua entre los sauces de la barranca opuesta. Sin dejar de avanzar, bajo
el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue observando
la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado. Al pisar
tierra firme e iniciar el trote, el otro, que desplegó una sonrisa, taloneó,
se puso también en movimiento.., y se le apareó. Desmirriado era
el desconocido y muy, muy alto. La barba aguda, renegrida. A los costados de
la cara, retorcidos esmeradísimamente, largos mostachos le sobresalían.
A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con
lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención
a los bigotes no le sentaba.
-¿Va para aquellos lados, mozo? - le llegó con melosidad.
Con el agregado de semejante acento, no precisó más Rodríguez
para retirar la mano de la culata. Y ya sin el menor interés por saber
quién era el importuno, lo dejó, no más, formarle yunta
y siguió su avance a través de la gran claridad, la vista entre
las orejas de su zaino, fija.
-¡Lo que son las cosas, parece mentira!... ¡Te vi caer al paso,
mirá... y simpaticé enseguida!
Le clavó un ojo Rodríguez, incomodado por el tuteo, al tiempo
que el interlocutor le lanzaba, también al sesgo, una mirada que era
un cuchillo de punta, pero que se contrajo al hallar la del otro y, de golpe,
quedó cual la del cordero.
-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te
gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?
Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó
sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio,
Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto
que, inclinándose a un lado del zaino, escupió.
-Alegrate, alegrate mucho, Rodríguez -seguía el ofertante mientras,
en el mejor de los mundos, se atusaba, sin tocarse la cara, una guía
del bigote-. Te puedo poner a tus pies a la mujer de tus deseos. ¿Te
gusta el oro?... Agenciate latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno
toditos. ¿Te gusta el poder, que también es lindo? Al momento,
sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o jefe político
o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo reservados.
Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir.
Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo
la mirada hacia adelante, Rodríguez.
-Mirá, vos no precisás más que abrir la boca...
-¡Pucha que tiene poderes, usted! -fue a decir, Rodríguez; pero
se contuvo para ver si, a silencio, aburría al cargoso.
Este, que un momento aguardó tan siquiera una palabra, sintióse
invadido como por el estupor. Se acariciaba la barba; de reojo miró dos
o tres veces al otro... Después, su cabeza se abatió sobre el
pecho, pensando con intensidad. Y pareció que se le había tapado
la boca.
Asimismo bajo la ancha blancura, ¡qué silencio, ahora, al paso
de los jinetes y de sus sombras tan nítidas! De golpe pareció
que todo lo capaz de turbarlo había fugado lejos, cada cual con su ruido.
A las cuadras, la mano de Rodríguez asomó por el costado del poncho
con tabaquera y con chala. Sin abandonar el trote se puso a liar. Entonces,
en brusca resolución, el de los bigotes rozó con la espuela a
su oscuro, que casi se dio contra unos espinillos. Separado un poco así,
pero manteniendo la marcha a fin de no quedarse atrás, fue que dijo:
-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!
Y siguió cabalgando en un tordillo como leche. Seguro de que, ahora si,
había pasmado a Rodríguez y, no queriendo darle tiempo a reaccionar,
sacó de entre los pliegues del poncho el largo brazo puro hueso, sin
espinarse, manoteó una rama de tala y señaló, soberbio:
-¡Mirá!
La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer
librarse de la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con
altanería el forastero la arrojó lejos, ella se perdió
a los silbidos entre los pastos.
Registrábase Rodríguez en procura de su yesquero. Al acompañante,
sorprendido del propósito, fulguraron los ojos. Pero apeló al
poco de calma que le quedaba, se adelantó a la intención y, dijo
con forzada solicitud, otra vez muy montado en el oscuro:
¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez!
Frotó la yema del índice con la del dedo gordo. Al punto una azulada
llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces hacia la uña
del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria.
Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando
la cabeza, y aspiró.
-¿Y?... ¿Qué me decís, ahora?
-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre
pensando qué hacer para sacarse de encima al pegajoso.
Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo
de agua fría. Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente
ahínco, la mente hecha un volcán.
-¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró
de lleno Rodríguez, y afirmó en las riendas al zaino, temeroso
de que se le abrieran de una cornada. Porque el importuno andaba a los corcovos
en un toro cimarrón, presentado con tanto fuego en los ojos que milagro
parecía no le estuviera ya echando humo el cuero.
-¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez!
-se prolongó, casi hecho imploración, en la noche.
Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de
los bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar,
su jinete lo lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez.
Pero Rodríguez seguía trotando. Pescado, por grande que fuera,
no tenía peligro para el zainito.
-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!...
¿Eh?... ¡Fijate!
-¿Eso? Mágica, eso.
Con su jinete abrazándole la cabeza para no desplomarse del brusco sofrenazo,
el bagre quedó clavado de cola.
-¡Te vas a la puta que te parió!
Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por
haber surgido entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan
blanca luna tomando distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele
las espuelas, giró en dos patas enseñando los dientes, para volver
a apostar a su jinete entre los sauces del Paso.
Francisco Espínola