Ese grillo, que dices, estropea
nuestra ropa guardada en cada estante;
por la puerta entreabierta, hace un instante,
se coló y en rincones merodea.
Saltarín diminuto que, estridente,
desplegó tan oculta melodía:
de la luz, se ha quitado con el día
y, en lo oscuro, el violín hace patente.
Mensajero constante en tardecita
que a las sombras cortó a puro sonido
con la rítmica nota que ha aprendido
¡Cada noche desflora con su cuita!
Llamador insistente a la ternura,
que se enrede, quizás, en la frazada;
se torne impertinente su balada
que destruya, de a poco, la cordura.
Ese grillo, que dices, estropea
los silencios, cantando tan constante;
con su vida realiza algo importante:
su presencia publica y su tarea.
Por la puerta, sacarlo con la escoba
primordial es la calma sin cansarse;
a los saltos, él lucha por quedarse,
retrocede y se escurre hacia la alcoba.
A ese grillo no es justo que desprecie
que, en la casa, es sólo peregrino
y, algún día, proseguirá el camino
cuando sienta el llamado de su especie.
Omar Díaz