Los cuentos están hechos
de misteriosa materia
y al que aprende a conocerla,
le da un vuelco la vida.
Te voy a contar lo que me contó aquel “loco” como todos
lo llamaban. Tenía fama de extravagante, de desequilibrado y de incoherente,
pero nunca imaginé escuchar una historia como la suya.
“- Yo morí el tres de agosto de 1960, a las cinco de la mañana.
Tenía cincuenta y siete años. Mi alma voló a través
del espacio, hasta que perdí de vista la tierra, la luna, las estrellas,
el sol. Seguí ascendiendo y llegué luego a un espacio, donde no
había nada, solo un punto luminoso, que se agrandó paulatinamente,
hasta convertirse en un sol. Penetré en él sin quemarme, porque
las almas son incombustibles. Subí aún más y oí
entonces una música deliciosa.
Entonces vi que un círculo de almas descendía hasta mí,
y me guiaba a un hermoso lugar, que, como no soy poeta, me resulta imposible
describir la magnificencia de aquella morada divina. Allí se disfrutaba
la plenitud de la felicidad, las melodías, las luces, los colores, todo
era indefinible, pero muy bello.
Con mi llegada se completaba el arribo al planeta de los seres virtuosos, de
un nuevo millón de almas y ése era precisamente el motivo de los
extraordinarios festejos con que se me acogía. Duraron las fiestas dos
siglos, que equivalen a cuarenta y ocho horas aquí abajo. El privilegio
de todas las almas que completaban un millón, es que se les concedía
una nueva vida. Yo agradecí pero quise rehusar, más la negativa
allá arriba no se acepta, dijeron que es ley eterna. La única
libertad que se me otorgaba era escoger mi género de existencia, podía
nacer príncipe o mendigo. Recordé algunas circunstancias de mi
pasada existencia y de los malos momentos que pasé muchas veces, víctima
de mi inexperiencia. Antes de regresar a este mundo me vino a la memoria lo
que decía mi padre y otras personas ancianas, cuando veían a un
joven: “Quien tuviera esa edad, sabiendo lo que sé hoy” y
decidí guiarme por tan sabias palabras. Declaré pues que me era
indiferente nacer poderoso o miserable, con tal de nacer con experiencia. Si
viera con qué carcajadas fue acogido mi deseo. Me hicieron observar que
tal pretensión era digna de un loco y no de una persona sensata. Yo insistí
hasta salir con mi gusto.
Poco después empecé a descender hacia este suelo. Tardé
meses en el viaje. Renací como regalo de Reyes el seis de enero de 1961.
Me pusieron de nombre Abel.
De mi infancia en mi segunda vida solo le diré que tomaba escasa leche
y lloraba lo menos posible, para evitar cólicos y algún rezongo
o castigo. Comencé tarde a caminar, por temor a los golpes. Correr, revolcarme
en el suelo, trepar a los árboles, fueron actividades que para mí
no existieron, me asustaban las contusiones y el ver sangre. Tuve, pues una
infancia aburrida, lo mismo puedo decir de la Escuela y del Liceo. Yo vivía
tratando de evitarlo todo, jamás sufrí un golpe, pero puedo decir
que nunca me animé ni a correr diez metros. Así, sin sobresaltos
llegué a los veinte años. Un día me invitaron a una fiesta
a la cual concurrirían bellas jóvenes. Se realizaba en el hermoso
jardín de un Club de moda. Había desde una mesa exquisitamente
servida con todo tipo de atrayentes platos, finos y variados vinos, luces abundantes,
flores, alegría, música, juventud. Yo llegué con mucho
apetito, digno de mi edad. Pero, aunque usted no me lo crea, no probé
nada. El recuerdo de tres indigestiones que sufrí a los cuarenta años
de mi primera vida, me aconsejó la abstinencia. Mentí, diciendo
que me hallaba indispuesto. Dos chicas se me acercaron solícitas, preguntándome
si deseaba tomar algún analgésico o algún antiácido.
Ambas eran jóvenes, bellas, seductoras. Cualquier corazón masculino
hubiera sentido un fuerte impacto, ante damas tan atractivas. Pero yo, confieso
que tuve miedo y fui muy reservado. Volví de madrugada a mi casa, enamorado
de las dos chicas, y muerto de hambre.
Usted puede imaginar el resto. La juventud expansiva e impetuosa de mi segunda
vida, fue así malograda por mi experiencia congénita. Vivía
como adherido a mi propio cadáver, como un pájaro que tiene libres
sus alas, pero atados los pies. Un gran pájaro cautivo. Le sigo contando.
Cuando tenía treinta y cinco años conocí a Luciana. Tenía
veintiséis años y unos ojos grandes y expresivos. Oro pálido
rodeaba su cara, tan delicada, pero que a la vez denotaba un especial carácter,
una firme personalidad. La conocí en una función teatral, y de
allí salí enamorado de ella. La invité a salir y pronto
ella también me correspondió. Ambos éramos libres. ¿Por
qué no nos unimos? Ahí está mi tragedia. Conocí
a sus padres y hermanos. De inmediato congeniamos y ellos aprobaron nuestra
relación. Luciana, mi amor: miradas, apretones de manos, conversaciones
tiernas e íntimas, besos en el rellano de la escalera de su casa, tejíamos
mil proyectos, íbamos a casarnos al cabo de un mes. Un día redactamos
las tarjetas de participación y cada uno se comprometió a hacer
la lista de sus invitados. Regresé a mi casa, y mientras me desvestía
para meterme en la cama, pensé que aquel amor podía desaparecer
como una nube de humo en el viento, que podría cansarme de Luciana, que
nuestros temperamentos podían ser incompatibles. Deseché esas
preocupaciones, mi novia me quería de verdad y mi pasión por ella
era muy grande. Entonces me vi casado con ella y padre de uno o varios bebés.
Pero alguno de ellos podía nacer y ser enfermo toda la vida, ciego, sordo,
deforme, con síndrome de Down, con todas las zozobras, penas, fastidios,
inquietudes y gastos, que ello conlleva. Y ¿qué familia subsiste
después de tanta desgracia, de tanta fatalidad? Pensando en ello, decidí
no casarme.
Pasaron seis días. No pude resistir el efecto de la carta que mi novia
me enviara, y el recuerdo de las lágrimas que me aseguraba estaba derramando
por mi desvío. Y corrí a su lado y le confesé todos mis
temores. Ella me escuchó con atención y luego me dijo que poco
a poco haría disipar mis aprensiones. Al mes siguiente nos casamos ¿Fuimos
felices?
No deseo hablarle de mis emociones fallidas, de mis ilusiones que no se realizan,
de mis proyectos que se desvanecen en el aire, de mis temores, de mis ansias,
en medio de las cuales continúo arrastrando mi vida miserable de individuo
experimentado. Preocupaciones, deseos, temores, odios, tristezas, y quien sabe
cuántas adversidades más me aguardan agazapadas a la vuelta de
la esquina. Estas preocupaciones insensatas y suicidas, humanamente innobles,
han llegado a envenenarme la existencia. ¿Qué consejo me da? ¿Qué
solución encuentra usted a mi problema?”
Así terminó su relato y yo me quedé pensando. ¿Me
ayudas tú?
Miriam Lamaisson