Tenía en mi poder un dinero que mi tío le mandaba a Don Remedios.
Habían transcurrido tres semanas sin que me decidiera ir a visitarlo,
a pesar que le había prometido a mi pariente, dueño de la estancia
Espinillo, donde me hospedaba ese verano, que en cuanto llegase iría
a conocerle y entregarle esos pesos que le mandaba para los “vicios”.
El tiempo se me había ido sin darme cuenta, encantado con los vasos de
leche recién ordeñada, los churrascos saboreados junto al fuego,
la esplendidez de las mañanas en las que recorría a caballo el
campo en todas direcciones. Me atraían por igual los potreros, la laguna,
el bosque, los rodeos, el tambo y la acequia, donde me bañaba al anochecer.
Me sumergía en el agua refrescante con deleite dichoso de hundirme hasta
el cuello y escuchar el rumor de la corriente que se iba campo adelante, bordeada
de hierbas, flores y árboles que a trechos la abovedaban. Para llegar
al sitio donde me bañaba, era necesario recorrer una senda a través
del bosque que se extendía más allá de los potreros. Unas
veces iba a caballo, otras a pie. Nunca me encontré por allí con
nada que no fueran pájaros, a no ser una vez que di con una víbora,
a la que maté de un garrotazo y quedó panza arriba tendida sobre
el pasto.
Pero en esa ocasión, casi entrada la noche, volvía por el sendero
de siempre, cuando advertí, no sin sorpresa, a un viejo, de mediana estatura,
barba muy blanca y chiripá negro que me miraba, recostado contra un tronco.
Sin saber por qué comprendí que el anciano estaba solo, infinitamente
solo. Sentí algo parecido al miedo, pero no pude dejar de mirarlo. Él
sonriendo apenas, levantó una mano temblorosa, como llamándome.
Di un paso y me detuve. Pálido, él me miraba con tristeza, en
medio de una luz extraña, misteriosa. Los labios del viejo se movieron
intentando pronunciar algo. Mi miedo y mi angustia aumentaron y loco de espanto
huí con la sensación terrible de que el hombre, los árboles
y hasta la noche me perseguían y me apresaban.
Cuando llegué a la casa, no dije palabra de lo ocurrido, pese al pánico
que aún me dominaba y que me costó mucho disimular. Pensé
“Si estos se enteran, se van a reír a costillas mías”,
ante el capataz y los peones que me esperaban junto a la parrilla, con el rico
olor del sabroso asado y achuras que chirriaban al calor de las brasas. Ya me
los imaginaba oyendo decir entre carcajadas: “¡Corajudo y valiente
había resultado el montevideano!”
Luego de la cena y después de charlar un rato y aplaudir la vidalita
y la chacarera que uno de ellos, con muy buena voluntad y muy poco arte cantó
acompañado de una guitarra, me fui a dormir.
Tranquilo ya, trataba de convencerme que lo que había tomado por aparición
ultraterrenal, era algún vecino del lugar. No lograba conciliar el sueño
y me reprendía a mí mismo: “Sos un supersticioso capaz de
asustarte de tu propia sombra” “¡Pobre viejo!, a lo mejor
estaba enfermo y no has sido capaz de socorrerlo”. El silencio se fue
profundizando. Solo llegaban a mis oídos los imprecisos rumores de la
noche en el campo. Fatigado de tanto revolverme en la cama, iba a quedarme dormido,
cuando sentí que me tocaban el hombro. Me senté sobresaltado.
-“No se asuste, soy yo” – dijo el capataz – “Lo
he despertado porque reciencito han venido a avisarle que ha muerto Don Remedios”
-“¿Y qué?”
-“Pa´que vaya, pues”
-“A estas horas, ni loco, son cuatro leguas. Ya iré mañana.
Al fin y al cabo, yo ni lo conocía”
-“Dicen que el pobrecito lo ha estado nombrando hasta el final, ya que
su tío le había mandado una carta con el aviso de su viaje. Que
ha agonizado mucho, pero que no se iba de este mundo, a causa de la ansiedad
que tenía de verlo.”
-“Y ahora, ¿qué apuro hay?”
-“Y que si usted no cumple el deseo del difunto, no habrá de descansar
en paz el ánima”
-“Está bien, diles que en cuanto amanezca, voy”
Y echando al demonio el antojo del difunto, recomencé a luchar con el
insomnio.
Con el alba, para aprovechar la “fresca” y no por complacer aprisa
al finado y sus deudos, partí en mi zaino rumbo al rancho de Don Remedios.
No me extrañaba que el anciano hubiera delirado conmigo en las últimas
horas de su enfermedad, ya que ansiaba mi visita y quería conocer al
único sobrino y heredero de su protector y amigo.
Con mil cumplidos me recibieron una hija y un yerno del muerto. En el patio,
bajo el alero, los concurrentes al velatorio charlaban, bebían y fumaban.
Niños y perros iban y venían jugueteando entre deudos y vecinos,
como si nada sucediera.
Me llevaron hasta el cadáver. ¡Se me heló la sangre en las
venas! ¡Era él!, él si, el viejecito mismo que al anochecer
de la víspera yo viera en el bosque. Estaba allí, con su rostro
pálido, su sonrisa triste, su barba blanca, su chiripá negro.
Sus manos entrelazadas asían un chillón ramillete de flores de
papel. Tuve la sensación que iba a mover su diestra y llamarme.
-“Ay, no sabe niño, cuánto deseaba verlo mi tatita”
– dijo la hija de pie a mi lado junto al cadáver. “Las ganas
de verlo, no lo dejaban irse. Es que ¡lo quería tanto a su tío”
Sin salir del todo de mi estupor, entre balbuceos y exclamaciones de asombro,
le narré como pude los hechos. Ella me escuchó casi sin sorpresa,
secándose a ratos las lágrimas. Su único comentario fue:
-“Claro, murió a la hora en que se le apareció a usted”
El marido, que se nos había acercado y escuchó la conversación
dijo con la mayor naturalidad, como si lo oído fuera tan verosímil
como la muerte de su suegro.
-“Y, no es raro, no, que se le haya aparecido”
-“¿Que no es raro”
-“Y no, si no podía “irse”, ansiando verlo, ¡pobrecito!
Me alejé del rústico cajón de tablas sin barnizar, en que
yacía Don Remedios entre flores de papel y a la luz de cuatro velas de
sebo colocadas en botellas. Salimos. Bajo el alero, entregué a su hija
el dinero que guardaba para el ahora fallecido. Me despedí sin llegar
a comprender a aquella gente que encontraba lógico que un agonizante
se me apareciese en mitad del camino, una tardecita de verano.
Myriam Lamaison