¡Cuántas laderas cubiertas de escarcha! ¡Cómo se impregnaron de perfume mis lirios! ¡Qué contagio de sabores adornaron mi vida!...
Aún la veo; frente a la cocina a leña, con sus tenues manitas limpiando la plancha con una esponjita, brillosa quedaba, tan reluciente que la sombra de su rostro, limpio se reflejaba en ella…
Luego, con el sol en su apogeo o con la grisácea tormenta; acomodaba cuidadosa, los churrascos de cuadril sobre aquel espejo inmaculado, plateado, como un cristal… Sobre el fogón de añejo mármol el perejil picadito la albahaca fresca derrochaban fragancia inundando el ambiente en la espera del almuerzo…
Aún la veo, elaborando en un diminuto tacho, los caramelos caseros de miel para aliviar la tos de su decena de nietos…
Pero, aún más, claramente, con mis ojos cerrados, creo palpar su delantal estampado, su saquito gris y su abrigada falda a cuadros, los zapatitos negros de paño y el infaltable, exquisito café de Colombia que lo preparaba en la vieja vasija de cobre…
Mi abuela Juanita, me decía: -sabía que vendrías; es la hora de café con leche y el pan casero…
Siempre le reiteraba, tú preparas el más deliciosos café del mundo…
Siempre me mostraba su buena, simpática sonrisa y añadía:- no olvides ir a comprar otro kilo de café, al Palacio, casi no me queda…
Yo salía corriendo, jugueteando con mis primos, saltoncita para llegar rápido a casa y luego dirigirme hacia el Centro de la ciudad para adquirir ese elixir que yo compraba y mi “nona” sabía prepararlo mejor que nadie…
Valores… Entrañables valores… rigurosamente guardados en mi corazón …
Los “te quiero”, el “olfato inconfundible” de mi Juanita por hacer las cosas bien, la alegría de rememorar todo aquello tan nuestro; las caricias con sabor de una abuela inolvidable que terminó su existencia con casi un centenar de años…
Y… se fue quedando en el tiempo… Cuando nos reencontremos añosas charlas invadirán nuestro espíritu, gozaremos de esos momentos de palacete y yo te diré. -Aguarda, espera… ¡Dame tu vida…!
Griselda Tarigo