Vestidos de negro, los hijos de la naturaleza marcharon hacia la plaza. Era un hecho (acontecimiento) común de cada tardecita.
Irradiaban felicidad, palpable en el ágil aleteo. Bandadas y bandadas.
Presurosos. Jadeantes.
Esa excursión de las 18 horas provocaba poderosamente curiosidad en los niños del barrio, pero no en mí. Estaba acostumbrada a verlos pasar de luto perpetuo, con marcha incesante.
De cerca, el chirriar enloquecido de cientos de miles, de una acompasada orquesta. De lejos, la negrura de la plaza pública con sus delgados atavíos negros posados en el liviano andar por los cielos anaranjados del tórrido verano.
Sólo un propósito: apoderarse del nido ajeno y empollar en la vivienda de otros hijos cubiertas de plumas.
Algunos, muchos, bregan, luchan y construyen su propio nido de amor; otros, haraganes, sin hábitos de trabajo, sin escrúpulos se apoderan de lo ajeno.
Ése es el instinto de los negros tordos, dejando cada día un tupido tapiz de plumas sobre la prolija y bonita plaza.
La marcha es discontinua pero poderosa; dentro del pedregullo, clavados en los bancos y en el jardín, bien de punta, afilado plumaje, desafiante y arrogante como el indio en pie de guerra.
Llegadas las primeras luces del alba, el escandaloso trino ya sin ritmo, parten nuevamente en alocada carrera.
Simplemente quedó mugre, estiércol y un grande desconcierto de estos transeúntes de los cielos, enigmáticos; incomprendibles.
Griselda Tarigo