Compartimos juntos tantas cosas. Sucedieron las cuatro estaciones a través de doce años. Los meses, días, espacios de tiempo; pequeños o grandes y hasta los frágiles minutos fueron compinches bajo la coposa de mi cedro.
En el reducido lugar donde rozagante y altísimo se erguía su figura verdosa tan particular, nos dio un sin fin de tintes de alegría: en invierno cobijaba cariñosamente a los pequeños plantines de pensamientos, caléndulas, azaleas, bocas de sapo, claveles, pequeños hibiscos y hasta la minúscula orquídea que colgaba de su tronco. En verano, lucía en todo su esplendor; con casi 15 metros de altura, frondoso, fornido, opulento, protegiéndose del calcinante sol, fresco, inmovible, regocijando la barba de Cristo que había traído de Colonia del Sacramento y que se prendía a sus ramas con tanto amor.
En las fiestas tradicionales, ya desde el 8 de diciembre, el día de la Virgen, como si fuera poco la belleza que poseía por si mismo, lo adornábamos con multicolores guirnaldas, flores artificiales, hermosas moñas, rojas y doradas.
Su suntuosidad era tal que se dejaba ver desde una importante avenida que dista 4 cuadras de mi casa.
Muchas fotografías atestiguan estas expresiones, es el recuerdo que permanece en mi mente y en mi corazón. Quiso el destino ¡que a toda esa belleza tuviéramos que destruirla justamente nosotros, sus dueños!
Su fuerza era tal que, sus enraizados brazos que se desplazaban bajo tierra destruyeron gran parte del patio de layota y mosaicos españoles por segunda vez. Derribarlo costó mucho tiempo y habilidoso trabajo. Su raíz tan rojiza parecía barnizada; su melaza tan seductora, caía acompañada de una espuma blanquecina y era tan pegajosa su miel que las avispas habían construido un panal mucho más grande que un nido de hornero. Esa miel de mi cedro era exactamente igual que el azúcar a punto de caramelo. Lo veo triste al patio sin mi cedro. ¡Luce tan sólo! ¡Cómo lo extraño!
Titulé a este episodio “Miel de tomillo”. ¿Saben porqué? Porque hace poco tiempo tuve la oportunidad de probar ese elixir en casa de mi amiga Marichú.
La savia de mi árbol tenía la misma textura, color, espesor y dulzura que la riquísima miel de tomillo, “de exportación” de una mujer rural que se galardonaba con esta especialidad de primera línea, receta de nuestras abuelas, pequeña cuota de una “PYME” de nuestro terrón de tierra tan triste y desolado como nunca antes lo vi.
¡Miel de tomillo y cedro mío, dos hermosuras que se confunden asi con un mismo sabor!
No he vuelto a ver a Marichú… las dos tenemos nuestro estilo, diferente en varios aspectos; pero nos une un solo y milagroso sabor: el amor a la tierra, a las plantas, al jardín, al cual le dedico parte de mi trayectoria.
El; orgullo de mi mirada, poseedor de variadísimas especies; algunas medicinales…”cedrón”, el digestivo, con sus tiernas hojas elaboré un riquísimo “licor”.
Pero; los que gustamos del buen placer del paladar, los que amamos los aderezos, cosechamos con nuestra laboriosas manos de mujer, albergando en pequeños espacios diferentes deleites.
Poseo dos plantas de Vid que proclaman airosas uvas que hasta alcanzan para elaborar unos pocos litros del violáceo, chispeante y granate vino.
Junto a malvones y geranios derrochamos sabores al pie de los racimos de cielo que abanica la glicina.
Mientras elaboro mis manjares culinarios; repito una y otra vez; “Paladear
mi ser el brioso corcel de mi existencia; insinúa placer, angustias,
tristezas: cabalga extrépito, sensaciones triviales que se confunden
en un único sentimiento:
¡Amor…!
Griselda Tarigo