Prólogo: “Tengo muchas flores – dijo, pero los niños son las flores más bellas que existen”. Oscar Wilde

Malvones y geranios

Los tengo por doquier; enroscados en las rejas de balcones estilo tabernera, en el frente y en el fondo de mi cocina churrasquera.

Lucen sencillos pero coloristas; aún sin poseer el aroma perfumado de otras flores, pero creciendo airadamente como frutos silvestres, mezclándose los matices con alegre inspiración. Son mis despertares, fresquísimos, exponiéndose con sus negritos ojos; frente a los míos: tan verdosos, como observándome en mi quehaceres, como ayudándome en mis tareas. Son la grata compañía de cada mañana, son la mirada ingenua de mis copetillos rojos; asomando sus cabecitas para afuera de sus jaulas. Soy la amante enternecida de cuanta flor o florecilla exista. Todas me agradan, a todas las quiero, las amo, las protejo y me enamoro de ellas…

Los que me ven a mi tan ausente y distraída, es seguro que no percibieron; que todos mis encantos, que todos mis amores los deposito casi exclusivamente en las flores.

Y mis malvones y geranios están tan elastizados en las negrísimas rejas que se parecen a un símbolo estructurado, como si alguien los hubiera dispuesto allí, en esas ”arcades” de mis ventanas.

Sin duda, son símbolos poéticos, asimétricos, a veces con ramas desgonzadas; hermosos siempre, perplejos de afecto hacia mi: sus figuras son bocas matizadas de blanco, rosado, negro, rojo fuego y palo de rosa.

Al mediodía; ya exhausta de mis labores, me dejo caer sobre una reposera: desde allí, una sensación de letargo, de total embrujamiento me envuelve como si fuera un torniquete y sólo tengo ojos de admiración para dos ternuras que me hacen compañía, aún sin estar sola: malvones y geranios.

Griselda Tarigo