He sentido llegar el verano, he penetrado en sus largas tardecitas; con el
sol a pleno y los crepúsculos límpidos en la pureza interminable
del firmamento…
He sentido esbozada la alegría del amor, de esa plenitud del sentimiento
lejano que me abandonó en la distancia en una velada que en su momento
se hizo esperar demasiado.
Hoy; he revivido esa nostalgia con la placentera paz espiritual de que la hermosura
de la adolescencia y la candidez de todo aquello que me acaparó y se
alejó, no era para mi…
Quizás; todo lo bueno, noble, querido, abnegado que tiene como derecho
el ser humano, no me correspondía…
Nunca logré saber; porque se me negaron tantas cosas…
Nunca logré adivinar porque la soledad sería mi más fiel
y confidente amiga de todos mis momentos.
Con estas reflexiones que se fugaban por mi mente, pero por escasísimos
momentos; llegó repentinamente el acariciante perfume de los jazmines
blancos.
Su simple olfato, su suavísimo aroma ocuparon todo mi ser, inundándolo
de esa fineza que sólo ellos logran hacerlo.
Olor a jazmines es olor a verano, es encanto de juventud, es amor a la vida,
es reencuentro de vivencias…
Olor a jazmines, es olor a diciembre, a fiestas tradicionales y remembranzas
de nuevo año.
Con esa delicia en mi rostro, con ese sabor en mi alma; logré conciliar
un plácido sueño que se prolongó hasta que, los primeros
rayos de sol penetraron furtivamente por la entreabierta ventana de mi dormitorio.
Griselda Tarigo