CORAZA DE SANDÍA

En ésta lumbrosa mañana, donde se intercambian la magia, los delirios, las pasiones, los susurros y la paz; me ha cristalizado un éxtasis tan indescriptible, un sosiego de siesta de niño que embarga mi corazón de saudades y nostalgias.
La época tan especial, Diciembre soñador trae a mi alma tumultuosos y afligidos; los desvelos de amor de mi vida que se fue tan apresurada, tan dolida, tan naufragaza como la ruta nefasta del barco que se hunde…
Rodeada del verde lustrito de mis plantas, sola, inmensamente sola, he vuelto a soñar con esas cosas tan importantes, con todo aquello que no supe o no pude aprisionar…
Eternamente lo que más amé se esfumó de mis fuertes manos, como una liviana plumilla, que perdieron los gorriones en su debilidad de principiantes pichoncitos…

Han pasado tres días, sin duda ni autorreflexión me lleva de la mano, me apoya, me quiere, pero simultáneamente me conduce a analizar las crueles realidades de éste 2002 extensísimo e inacabable…
La repentina lluvia de esa aplastante tardecita, con un sol radiante que calcinaba hasta los fortísimos huesos de un joven atleta; hicieron que mi permanencia enclaustrada por el mal tiempo me llevaron a observar el exterior a través de los cristales del ventanal de mi dormitorio…
A ese anciano que arrastra sus chanclas, terriblemente mojado, con grasosa vestimenta y con grietas de la vida que atraviesan su noble rostro en todas las direcciones imaginables; lo he visto anteriormente, vaciado por el destino, desnudo de amor.
¡Coraza de Sandía, se desplaza tan lentamente!
¡Total!, los apuros nunca lo condujeron a nada, no lo premiaron, ni siquiera le ofrecieron el galardón del estímulo.
Dicen, que siempre vivió en los montes, por ahí, donde tienen espacios los demasiado pobres, misántropos de por vida, todo les sirve, como anillo al dedo, cubiertos por el cascarón o la carcasa del olvido y la miseria.
Es tan fuerte el caparazón que lo refugia, que no guarda penas ni dolores, los olvidos son sus mejores pensamientos.
Coraza de Sandía en la bajadita de la callezuela, cargando en sus toscas manos cáscaras de sandías y melones, emprende una especie de galope con la avaricia propia de la desolación: el juguito dulzón de sus cáscaras resbalan sin pausa, y si le cae una y otra y ahí si; ya vencido tira su estampa en la tierra sucia de la calle, abraza sus cascarones y el llanto de la lluvia y el jugo de la frutas son; sólo uno en la negrura de su vida en el silencio de la noche…

Griselda Tarigo