¡Qué grande y hermosa era mi montaña! ¡La recorría
de sur a norte, de este a oeste! ¡Con frío, helada, calor, insoportable
calor!...
Nosotros, los alpinistas la escalábamos corriendo, sin cuerdas, sin trampas,
sin herramientas trepadoras… Mario, Ricardo, Washington, Toto, Carlos,
Olga Ariel y yo…Casi siempre el mismo grupo, los mismos compinches; a
veces éramos más…
¡Tan alta era, podía divisar claramente la fábrica de gaseosas
de Máximo que pendía de un tercer piso, el almacén grandote
de Israel, Los Reyes Magos paseándose por las nubes: los camellos estirados
como los caballos que quieren ser primeros en la meta…
¡Cuántos sueños, en esos interminables, indescriptibles
fines de semana! Un silbato de Washington anunciando que las pizzas y los dorados
pasteles abandonaban súbitamente el horno de barro.
Frente a casa; Senobelia, a los gritos, avisando que las cervezas ya estaban
fuera de su habitual heladera: el aljibe…
Ángela; con su rostro de virgen preparando la mesa y el oído pegado
a la inmensa radio que nos hacía escuchar el partido de fútbol…….
Y; quedaron allá, - Dijo Mario, hace tiempo…
- ¿Quiénes, pregunté yo? – Nuestros inocentes sueños,
los estrellatos tejidos cautelosamente en nuestras cabezotas…
- Ninguna pared nos separaba, no existía muro que tronchara nuestras
ilusiones….
- Y; hoy me interrogo, enojada - ¡Dónde están nuestros códigos,
quiero acercarme nuevamente a ellos?
- Mario; uno de los pocos actores que quedan me respondió.
- Griselda, se fueron los cuerpos, las almas, la VIDA, sólo únicamente
sólo, nuestra amistad que nos acompañará siempre y hasta
el más allá…
¡Hay brillos que palpitan y enmudecen!...
Codificando, sin códigos: allá en la montaña…
Un fuerte abrazo,, espero tu visita, escríbeme o llámame.
Griselda Tarigo