LA CASA DE LAS CARACOLAS (1986)

En esa trayectoria de episodios del largo camino de la vida; nos aconteció un hecho inusitado, quizás escapa a las dimensiones o parámetros tradicionales.

Nos encontrábamos en el departamento de Rocha (más precisamente “Punta del Diablo”).

Hacía muchos años que no visitábamos ese retazo del mundo, ese paraje encantado; extraído de un planeta desconocido y dejado allí, como para ser visto y no contaminarlo, mirarlo y provocar sensaciones desconocidas, pero sin siquiera poder acariciarlo…

Ese fue el alarmante impacto que nos provocó cuando lo conocimos. Esa dulce sensación; no común en mí, hizo que a partir de ese momento yo lo fijara en mi mente como “La Casa de Cristal”; que de niños idealizamos a nuestro modo, cuando algo nos cautiva y sólo con una mirada profunda y única que abarca una inmensidad de destellos: brillantes u opacos, vivificantes o nostálgicos, coloridos y con fuerza, o con desazón y pobreza: pretendemos atraparlo u ocultarlo para que nadie lo legitime “como su propio dueño”.

Y fue; al volver a la “La Casa de Cristal”, rememorando aquella primera sensación cautivante y envolvente; que;, conocí a una familia humilde, casi paupérrima con la que entablamos un fluido e interesante diálogo.

- La señora; mirándome fijamente, me comentó: no recuerdo haberla visto anteriormente, acá en esta zona todos nos conocemos y estamos alejados del mundo real que memorizamos a todos los turistas que nos visitan.

- Agregó, usted habrá que estamos como aislados de la realidad exterior, como que; grandes cercos rodearan este pobre caserío y aún así en situación permanente de pobreza, nos sentimos a gusto, nos ayudamos mutuamente. –Siguió en su conversación, agregando acá no existen rencores ni envidia. Somos una familia numerosa que se quiere y se respalda 0in el menor interés de lucro.

-Yo me quedé perpleja, mirándola y no sabiendo que responderle… Fueron instantes, creo, luego reaccioné y le dije: - Señora, usted y yo tenemos la misma opinión de este lugar; a las dos nos envuelve y cautiva, nos provoca un sentimiento indescriptible y sentimos una grande y sincera admiración “por este apartado del mundo”…

-Luego; entre charlas y sonrisas me ofreció un mate, de los nuestros, de yerba; yo se lo acepté…

Pude apreciar su pobreza; pero también su pulcritud.

Pude mirarla fijamente a los ojos y expresarle: yo también soy como usted una criolla más, una luchadora mujer de pueblo, una docente de alma y la más grande admiradora de esta “Casa de Cristal”.

Momentos después; nos dirigirnos hacia la cabaña que habíamos alquilado.

Luego de habernos instalado en nuestra casita temporaria, volvimos a salir para comprar algunos comestibles…

Todos los parroquianos de Punta del Diablo, al vernos pasar, nos saludaban de una forma por demás amistosa; parecía que nos conocían de siempre.

¡Qué pueblito tan afable!

¡Qué corazones nobles los de su gente!

Allá… a lo lejos ente las livianísimas y puras dunas,, varios pescadores se preparaban para salir a pescar. Es su trabajo, es su vida, llueva o truene, con frío o calor, con viento y marea se largan a las profundas aguas con sus botes de fabricación casera, algo toscos, pintados caso en su generalidad de naranja y azul, se pierden en las inmensidad de las aguas…

No me di cuenta de las horas que transcurrían quizás 4 o más. Además de adquirir mis primeros moluscos, había algo en esa habitación entre esa variadísima colección; algo que me sedujo y me posesionó…

Aún recuerdo, salí de allí, embelesada, sin palabras y sin calificativo alguno de lo que había presenciado.

Los dueños de aquel tesoro, notándome transformada, me acompañaron hasta la calle y me obsequiaron una boca de tiburón disecada. A su despedida, se agregaron los naturales elogios de mi parte. Era seguro que al día siguiente volvería, así lo hice; compré os bivalvos y admiré un rato más esos caparazones que siguen hasta hoy; siglo XXI integrándose a mis vitrinas.

La “Casa de las Caracolas” es parte de “La Casa de Cristal”, integra su esencia, su misterio y su ostracismo: volver allí consustanciarse con su pueblo y sus costumbres es otra maravilla.

Griselda Tarigo