LA CAJITA DE MÚSICA

Existe, claro que sí; casi todos los seres humano arrogamos el ceño para expresar un recuerdo, es el surco, la espina, el dolor y la felicidad que llevamos gallardamente justo, bien en medio de nuestros dos adorados luceros. Es la cinta grabada que encierra los valores más trascendentales que fijamos en nuestra infancia y en ese lugar los decepcionamos cuidadosamente, conservándolos intactos hasta hoy; plena madurez o adultez total.

Es una marca grabada a fuego, plena de detalles pequeñísimos, de perlitas chiquitas con grandes eslabones y también el sello hecho cristal, hielo, el iceberg que no se desarma, que no se derrite ni ocasionándole profundos golpes, heridas.

Los lamentos de sus raíces los arrastramos toda la vida; pero ahí está el señalero, por lo menos lo veo, se opaca, lo palpo, y lo colmo de preciosos elixires para poder arrancarlo, aunque sea hacerlo palidecer para poder amainar, darle tregua a los diferentes sonidos de esa cajita de música que muchas veces sonó hueca, ancestrada de tan longeva, dolorida, apesadumbrada por el perfecto reloj del tiempo y que en algún momento desagarra ilusiones, compromisos, divinos amores juveniles que apenas huyeron en el recuerdo; pero las cadencias, la resonancia de los variadísimos matices musicales suenan y resuenan en ese ceño fruncido, impune, que luce mi rostro ya cansado de oir tanta música, cargada de sonidos tan diferentes: donde el Rock se mezcla y lucha ferozmente el Tango, el Jazz pisotea al bravío folclore.

En ese desvarío musical de toda una existencias llevada con tanto honor, también se albergan, pernoctan los clarísimos, diáfanos sonidos que se elevan con la mirada límpida, puesta en la naturaleza que nos envuelve, en el rosa anaranjado del cenit, en el verde apaciguado de mis ojos.

Allí, junto a mí, en mi mesa de noche; también está ese aparatito con forma de mueble de juguete, con sus cajoncitos nogales y sus agarraderas de bronce.

Eso sí, esa joyita es también Mozart, Beethoven, Chaikovski y tantos más que resuenan muy tenue y suavecito en mis débiles oídos.

Exactamente; en medio de mis dos grandes ojos siguen su inexorable marcha, mis fieles inseparables de todo andar; “Los Recuerdos”

Griselda Tarigo