Bosques del Santa Lucía
que evocan junto a sus aguas
los días en que por ellas
cruzaba la “Santa Cándida”.
Eran tiempos de canciones
y Ramón López cantaba.
Navegante y payador;
inquietud de velas y alas.
Comentan hombres del río
con voz de vino y nostalgia,
que la barca fue su mundo,
pues vino al mundo en la barca:
Con suave vaivén de cuna
meció el sueño de su infancia;
le dio para hacerlo duro
remolinos y borrascas
y al fin ayudó a sus sienes
a cernir lunas de plata.
El padre le enseñó rumbos
con brújula de palabras;
la madre le enseñó rezos
y canciones , las calandrias.
Hogar de familia nómade
siempre a bordo en la balandra.
Ramón López era niño
y en los sueños que soñaba,
más que recibir juguetes,
presentía una guitarra.
La embarcación una vez
junto a una isla echó anclas;
excavó el padre en la tierra
y armó allí una cruz de ramas.
Desde entonces padre y niño
fueron dos: luto y plegarias.
Fueron dos: olvido y ansias.
El recuerdo tuvo formas
imprecisas… esfumadas,
y se borró como el surco
de una quilla sobre el agua.
Con los años, fueron uno
don Ramón y la balandra.
Navegante y payador
con timón y sin guitarra.
El día que la tuviera,
cuántas emociones -¿cuántas!-
brotarían hechas música
desde el río de su alma.
Con cien lunas en las sienes
y media luna en la espalda,
fue náufrago en tierra firme
desde el día en que la barca,
vencida por el furor
de los vientos, azotada,
quedó inmóvil para siempre
como un pez muerto en la playa.
Las tardecitas lo vieron
y lo vieron las mañanas
meditar sobre los restos
de su amada “Santa Cándida”.
Refugio de su vejez,
hecho de rimas y tablas.
Navegante y payador
sin timón y sin guitarra.
Carlos Santurrón, su amigo,
“lutier” de las manos sabias,
recogió madera antigua
de la quilla destrozada.
Y entonces la barca muerta
resucitó nueva y casta
y encarnó en el instrumento
que Ramón López soñara:
Guitarra de espuma y cielo
con profundas resonancias;
guitarra de yodo y nube,
de grillo, de lun y agua.
Tan sabedora de rumbos,
que el viejo cantor, pulsándola,
sintió que otra vez sus manos
guiaban la Santa Cándida.
Comentaban hombres del río
con voz de vino y nostalgia,
que la barca fue su mundo,
pues vino al mundo en la barca
y en ella se fue del mundo,
muy blandamente acunándola
por devolverle el columpio
con que ella meció su infancia.
Dicen que cuando la proa
rumbo al celeste apuntaba,
navegante y payador
tuvo caricias crispadas
al empuñar un compendio
de timón y de guitarra.
Abel Soria
De “¡Qué yunta pa' una cinchada!”