Vivo el verano a lo ancho
diciendo, “la vida es una”,
y en el balneario La Tuna
me revuelco como un chancho.
Yo, que me baño en mi rancho
sin comodidad ninguna,
reventando mi fortuna
cambié chacra por “sport”,
mi desnudo por un “short”
y la tina por La Tuna.
Bonitas por los colores
y por las formas, bonitas,
la gente junta piedritas
como quien recoge flores.
Grandes, medianas, menores,
todas lucen su presencia
con absoluta evidencia
de que el mar, como artesano,
nunca tendrá un ser humano
que le haga la competencia.
Llegan botes al lugar
sobre rodaos desmontables,
por lo que son comparables
a la prensa de enfardar.
Y, arrojándolos al mar
que barullento se esparce,
cada remero resarce
su hastío particular pues,
pa poder descansar,
mete remo hasta cansarse.
Hay mozas casi desnudas
con pilchas que, por lo estrechas,
parecen que fueron hechas
nada más que por las dudas.
Y, entre las colorinchudas
sombrillas con formas de hongo,
desde el más lungo al más chongo
sudan, deslenguaos de sed
jugando al tenis sin red
pa reducir el mondongo.
Venden paletass de a yunta,
pero hay quien compra una sola
y unos tres metros de piola
con la pelota en la punta.
La estaquea, y mientras junta
mirones que no hay quien frene,
solitario se entretiene
de una manera fantástica,
porque la guasca es elástica
y el pelotazo va y viene.
De las pasiones playeras,
la pesca de la corvina
deslumbra, encanta y fascina
de inusitadas maneras.
Y abundan por las riberas
en frondosa sobrecarga,
las cañas de línea larga
con roldada y manivela,
sin que la carnada huela
ni un simple cabeza amarga.
Cada veterano alegra
su vista libidinosa,
aunque esté junto a la esposa,
la nuera, el hijo y la suegra.
De mucha antiparra negra,
más negra que té de abrojo,
torna en enigma el antojo
de voluptuosa vigilia,
pa que ignore la familia
en qué tangas puso el ojo.
No hay rival que me desarme
como el mar metiendo ruido,
porque siempre le he tenido
más respeto que a un gendarme.
De ahí que le juya a internarme
tan desprovisto de abrigo,
pues las olas, pucha digo,
tal como perros machazos,
me curten a lengüetazos
en la zona del ombligo.
Pa evitar esa cosquilla,
doy tontamente la nota
como un reverendo idiota
revolcándome en la orilla.
Si tuviera mi tordilla
que nada tan lindamente,
cruzaría este imponente
cebadal de espigas blancas
con una bañista en ancas
hasta las islas de enfrente.
El frío del mar me acosa
y en mi hotel sin calefón
hay “primus”, tacho y jabón,
y así el baño es otra cosa.
Me aseo como en mi choza;
sin embargo no es lo mismo.
Y esta idea con que cismo
de punta se me encalacra,
porque allá lo que hago es chacra
y aquí lo que hago es turismo.
Abel Soria
De “Macaneando”