Muñeca de “El Horno”, romántica y buena;
recuerdo imborrable de un tiempo que fue.
La Quinta está triste, ya el piano no suena
y dicen los bardos, que has muerto de pena
por quien nunca, nunca volvió a San José.
El patio te añora, te espera y exhibe
magnolias, glicinas, naranjos en flor;
los mismos jazmines rodeando el aljibe
que oyeron al joven oficial de Oribe
decirte en secreto sus cuitas de amor.
Mojaban los astros la Quinta de El Horno
y, pura, te vieron temblar de emoción,
ardientes los labios, los brazos en torno
al cuello del novio, prendiendo el adorno
pequeño y sublime de aquel medallón.
Bailando subías a un mundo lejano
y Oribe observaba su apuesto oficial
mirarte a los ojos, tomarte la mano
y, al fin de aquel “valse” dormido en el piano,
amarte al amparo del fresco parral.
Oribe y sus hombres partieron un día,
dejando una frágil plegaria en tu voz.
Después, una tarde tu novio moría
vertiendo en los campos de Carpintería
su sangre, su sueño, su débil adiós.
Sonriente lo vieron morir los soldados,
fijando tus ojos en la evocación.
Tu nombre entibiaba sus labios helados
que, lívidos, fueron guardando, mustiados,
sus besos postreros en un medallón.
¡Qué ingrata la lanza mortal de Rivera!
Cayó de tus manos el ramo de azahar
y en el caserón de Francisco Larriera,
durante mil noches de inútil espera,
los negros esclavos te vieron llorar.
Muñeca de El Horno… volvió Nochebuena.
Florecen guitarras de límpido son
y, acaso ignorando que has muerto de pena,
el barrio Las Palmas de coplas se llena
y nadie en tu reja pondrá una canción.
Abel Soria
Vals. Música del autor.
De “¡Qué yunta pa'una cinchada!”