Tal como anunció, se apresta
pa hacer a “un lleno total”,
la escuela “número tal”,
de “tal pago”, la “tal” fiesta.
Pues su condición modesta
justifica el sacrificio
de dar forma a un beneficio
pa la ración merendera,
jornal de la cocinera
y arreglos del edificio.
Llegan vecinos de a pie,
de a caballo, en camioneta,
carro suizo, en bicicleta,
tractor, cachila o charré.
Y embisten en pereré,
dejando la puerta llena,
como atropella la avena
la gallinada con hambre,
como atropella un enjambre
la entrada de la colmena.
Desmonta un lote risueño
de varios motociclistas
el mundo entero es pequeño.
Y acelera “en seco” el dueño
de la moto más robusta,
pa dar la nota bien justa
de inocente ostentación
y pa llamar la atención
de la moza que le gusta.
Dada la faz lucrativa
que justifica infracciones,
a un par de disposiciones
se le pasa por arriba.
Pero, aunque de nada priva
la Comisión Escolar,
aconseja camuflar,
por si viene el inspector,
ciertos temas del cantor
a ciertos frascos del bar.
Comienza la popular
subasta de comestibles,
con los rostros irascibles
de los que quieren bailar.
El martillero, entre un mar
de frutas, fiambres y tortas,
se revienta las aortas,
responsable de su cargo,
rugiendo un discurso largo
contra las ofertas cortas.
Forman un mismo plantel
donantes y compradores:
Éste regala alfajores
y oferta por un pastel;
dona un bizcochuelo aquél
y compra un vino barato;
dona el otro un queso chato
y, a su vez, queda cumplido
rematando el pollo hervido
que dona el que compra el pato.
En la habitación privada
de la pobre directora,
junto a más de una señora
que se abanica mareada,
la orquesta desajustada
pule y afina sus notas,
entre cuatro perchas rotas
por pesos desorbitantes,
y en la cama, diez lactantes
duermen como diez marmotas.
La lista de precios muestra
torpe trazo irregular,
del supervisor del bar,
con cada falta siniestra.
Resignada la maestra
contempla, durante un día,
tal atentado en la umbría
pizarra de gran tamaño
donde ella da todo el año
sus clases de ortografía.
Se observa a un grupo de pie
de ex alumnos y ex alumnas,
igual que sendas columnas
sosteniendo no sé qué.
Pero hay un latir de fe
que en todos ellos palpita.
Por eso se dieron cita
formando un nudo compacto
y hacer su pequeño acto
de homenaje a la escuelita.
Con gesto de frenar chistes,
uno dice de memoria
su muy plagada oratoria
de “haiga”, “puédamos” y “distes”.
Conjugaciones tan tristes
pueblan todo el recitao;
y desde el cuadro colgao
que preside toda escuela,
cruzao de brazos, Varela
mira medio pal costao.
Si aún despiertas las parejas
se cabecean sus planes,
dormidas como caimanes
más cabecean las viejas.
Cuando entre barras bermejas
asoma el astro mayor,
se arma un contrapunto flor
cual intercambio de ensayos,
entre el canto de los gallos
y los “gallos” del cantor.
La maestra, cabizbaja
y artista entre los artistas,
los reúne a mirar listas
alrededor de la caja.
Después de pedir rebaja
y escuchar sendos “no puedo”,
parece, al contar con miedo,
mientras se frota un nudillo,
que la abeja del anillo
le hubiera picao el dedo.
Abel Soria
De “Macaneando”