La frazada o la frezada;
la cobija o la cubija
(de las cuatro que uno elija
cualquier forma es aceptada)
siempre fue prenda sagrada,
pero la gente no ignora
que siendo “Alondra” o “Aurora”,
“Sudamtex” o “Campomar”,
ninguna es tan popular
como la cobija mora.
Por ser mora y sin cumplidos
aventajó a las mejores,
ya que los demás colores s
on mucho menos sufridos.
Por más que tenga zurcidos
o quemaduras de pucho,
se precisa un ojo ducho
pa llegar a darse cuenta,
y aunque esté supermugrienta
nunca se le nota mucho.
Pal preso no es poco lujo
ni pal linyera extenuao,
porque el frío más porfiao
la traspasará si es brujo.
No necesita el dibujo,
la ostentación o el adorno
de guardas en el contorno
pa darle abrigo a un mamao
y al pan recién amasao
antes de meterlo al horno.
No tiene misiones fijas
sino incontables misiones,
desde suplir almohadones
hasta taponear hendijas.
Entre todas las cobijas
ninguna como la mora!
Peona fiel y cumplidora
que a todo andar se somete
y es manta, alfombra o tapete
de la mesa planchadora.
La mora vive en cuartel,
mansión o rancho sencillo,
y es prenda de conventillo,
de campamento y hotel.
Por su múltiple papel
la mora nos regocija
luciendo linda y prolija
por más que no se dé tregua.
Si es lindo pelo pa yegua
mejor pelo es pa cobija.
Nace pronta pa la lidia,
vive sirviendo pa todo
y envejece de tal modo
que por nada se fastidia.
Muere sin sentir envidia
de jerarquías ni rangos;
y al quedar hacha miñangos,
ya rajada sin mentiras,
siguen sirviendo las tiras
pa trapos de los tamangos.
Pilcha noble, la gran siete!
laraila de gran historia,
deseada como la gloria
que Tata Dios nos promete.
Cuando ya entregue el rosquete,
cuando se acaben mis horas,
querré partir sin demoras
de agonías peliagudas,
y llevarme –por las dudas-
un par de cobijas moras.
Abel Soria
De “Boleadoras de piedra”