Ir al pueblo en mi tobiana
significaba un buen truco
pa hacer alto en el caduco
ranchito de Martiriana.
Y al llegar a su ventana
yo lograba que me abriera
sin más treta ni manera
ni señal ni requisito
que chiflarle un pedacito
de “La Canción del Linyera”.
Jamás golpié ni di un grito
sino que siempre chiflé,
y el chiflado siempre fue
tan eficaz y bonito
que al sentirlo, ya solito
se descorría el cerrojo
y el perdiguero “Tramojo”
pa no andar ladrando al “cuete”
se aguantaba hecho un rosquete
sin abrir siquiera un ojo.
Los dos viejos, por su parte,
nunca oyeron mi chiflido
talvez por haber nacido
ya indiferentes al arte.
No todo el mundo comparte
cuestiones de melodía;
por eso día tras día
toda música se acaba.
Pero cuando yo chiflaba
Martiriana se encendía.
Sin hacer falsos amagos
me fui buscando fortuna
no habiendo lograo ninguna
más que reumas y lumbagos.
He regresao a mis pagos
y al regresar he sabido
por mi vista, por mi oído,
por la lengua de la gente,
que mientras estuve ausente
me copiaron el chiflido.
Abel Soria
De “Boleadoras de piedra”