La caña siempre acompaña

La caña es la savia idílica
que vuelve sabio al poeta;
por eso hay tanta limeta
desde el rancho a la basílica.
Causa dependencia etílica
compensando a quien embroma:
de su sabor y su aroma
cada tomador depende;
y el que la fabrica o vende
depende de quien la toma.

Como receta y consejo
me indican en más de un bar
dietas lácteas pa salvar
mi equilibrio y mi pellejo.
Mas, por ser cañero viejo
de Este a Oeste y Norte a Sur,
me cae tan agrio el yogur
que, al olerlo en la cuchara,
ya se me arruga la cara
como a Charles “Aznavur”.

Como “caipira” a la blanca
y a la rubia como venga,
pa que no me quede renga,
reyuna, tuerta ni manca,
con un buche, y otro en anca,
le voy dando al paladar
bulto doble, sin llegar
a ver doble bulto alguno,
pues, dos medios forman uno
pero dos medias, un par.

No hay cuidao que me desarme
tanto la “asquerosa vieja”
pa merecer una queja
del pulpero ni el gendarme.
Nunca he llegao a enviciarme
ni a esclavizarme con ella.
Mis botas y mi botella
suman tres cañas. Y a gatas
dos me enderezan las patas
y otra me tuerce la huella.

Aunque alguien su tufo asocia
con madera de atamisqui,
la prefiero al mejor whisky
que haya elaborao Escocia.
Quien con el alcohol negocia
no duda que, en su invertir,
mientras pa cada elixir
gran promoción enarbola,
la caña “se vende sola”
porque “no sabe mentir”.

Trazando un círculo quedo
con mi “cuarterón” de guampa,
la mareo, y hago grampa
la presión de cada dedo.
La obligo a dar vuelta al ruedo
cismando en mis infortunios,
y siento eneros mis junios
teniendo en mi vaso criollo
remolinos de un arroyo
licuador de plenilunios.

Con siete cañas por vez
chiflo música de teatro;
con ocho hago un doble cuatro
y un nueve con tres por tres.
En las timbas tomo diez
porque con diez me concentro
y otra geografía encuentro
sin que encontrarla me atonte,
sintiendo por fuera un “monte”
y una “cañada” por dentro.

Seis pa mejorar la voz;
cinco pa ahogar el hastío;
cuatro –con anís- pal frío;
tres –con guaco- pa la tos;
pa tener sueñera, dos;
y una pa más bien correrla;
media, me viene “de perla”
pa animarme a ir al doctor;:
pero, pa hacer el amor
no se me ocurre ni olerla.

Frangollando mis ilusas
ideas de verseador,
jamás dejo un borrador
con estrofas inconclusas.
Y a veces huyen las musas
de mis himnos y mis odas;
pero, como son beodas
de la más pura calaña,
les hago un charco de caña
y allí las agarro a todas.

La caña “siempre acompaña”
como esa caña distinta
muy común en cualquier quinta
de verduras en campaña.
Pal que es quintero, la caña
tan buena función ejerce
que ni el tomate se tuerce
y hasta el poroto se estira.
Lo primero no es mentira
...lo segundo está por verse.

Dicen que la caña mata,
pero la caña da vida
cuando es justa la medida
porque la justicia es grata.
Cuando de brindar se trata
con rotunda plenitud,
tiene el brindis la virtud
del augurio que no engaña,
si el vaso contiene caña
pa poder decir “Salud”.

Abel Soria
De “Macaneando”