Juan Pedro terminó así:
-Yo le - abría trillo y él pasaba. Suponía el hombre que
nosotros "los de afuera" creemos todos en daños, lobizones,
curas con palabras y tal y qué sé yo... Además me tenía
loco preguntándome por la virtud de los yuyos.
Había ido allí a estudiar las cosas del campo. Cargado de libros
y libretas. También llevaba una máquina fotográfica.
-Me voy a quedar dos o tres días para estudiar y entender bien todo.,.
Porque voy a escribir un libro... -Eso fue lo que me dijo.
-¿Qué íba a hacer yo?; me reí...
Estábamos conversando:
-Creer en daños, es cosa de ignorantes... Ustedes creen en todo, que
viene a ser como no creer en nada.
-Estoy de acuerdo -le respondí-: pero en lobizones, ¿cree? Se
río.
-Y usted -pregunté- ¿cree en eso?
Yo pensé: si sos bobo yo no tengo la culpa y me le descolgué
del zarzo con esto:
-En eso si, porque yo creo lo que veo...
Trajo un libro para apuntar.
-Esto va para el libro -dije entonces para mi- y seguí cuando uno de
estos bobos escribe libros es más bobo que nosotros los analfabetos...
-Fui compositor y no de los peores. El rancho donde tenía el caballo
distaba una cuadra de la pista de carreras. El vareador era un muchacho tirando
a mocito. Un gallito con dos voces que ya empezaba a querer pisar gallinas.
Amigo de serenatas y bailes... Fue al rancho, tendió la paja para que
se echara el parejero, volvió y me dijo:
-Patrón, ¿no me presta el caballo?
-¿Para qué lo quieres?
-Pienso ir al baile de los Almeida.
-Llévalo.
Cené, fumé y después me fui al boliche. Allí formábamos
una rueda de truco. Naipeábamos un rato y después cada cual tocaba
para su casa. Cerca del boliche había un principio de pueblo de quince
o veinte ranchos. Cundo entré me encontré que detrás del
mostrador estaba la mujer del bolichero.
-¿Y don Alvez? -pregunté.
-Cenando. La cocinera fue al baile de los Almeiada y yo por no andar acarreando
platos le atiendo el boliche mientras él cena.
Me nublé de golpe. ¡Mire qué bobada! Yo de a pie y la cocinera
allá en el baile. Era una mujer que me había llenado enteramente
el ojo. Tenía un estado de bronce que me llenaba de picazón. Yo
la miraba y le agujeraba el vestido con los ojos. Y ella entendía hasta
lo que yo penaba.
-Cuando esta yesca -me decía- reciba una chispa, quema hasta el yesquero.
Me fui al rancho de vuelta. Me senté a fumar atorado por aquel antojo
bárbaro de la mujer. Estaba en eso cuando sentí los pasos muertos
de un mancarrón sobre el colchón de polvo del camino... Después
le vi el borrón.. Venía despacio, con paso de viejo o de ciego.
Camino adentro, al ratito estaba dando pecho a la portera. La abrí. Cuando
entró le palmié la tabla del pescuezo y le corrí la mano
por el anca. El animal de manso parecía dormido... Le puse el freno,
le tiré un pelego, dentré, cambié de bombachas, calcé
botas, me até un pañuelo de seda en el pescuezo, lo monté
y toqué...
La cosa salió mejor que bien. Después del "escuche y perdone"
mandé yo... Bailamos, la saqué al patio a tomar bolita con cerveza
y después la llevé para que mirara lo lindo que se ponían
los tártagos con la luna... Cerveza, tártagos y luna fue que ya
no entramos más a bailar... ¿Entendió?
-Hasta ahora si, dijo el de la libreta, pero aún no veo a donde va a
parar su relato.
-¡Ya va a ver! pero ojo con nombrarme...-
-Esté tranquilo...
-Se fue al amanecer... Yo volví a la sala de baile y nos agarramos a
tomar cerveza y a carcajiarnos..
Era día claro cuando salimos al patio. El caballo no estaba. Lamenté.
Sobre todo el freno que tenía unas copas de plata con unas gotitas de
oro.
-¿Y?
-Fue cuando vi venir un tapecito empujado por el sol que estaba saliendo. Ya
sobre lo pelado del patio vi que traía unas riendas en la mano, ferraje
a la espalda.
Se acercó y me preguntó:
-¿Usted es Don Velázquez el compositor?
-Soy
Agachó el hombro y cayó el freno. Era el mío. Me lo alcanzó.
-Aquí está su freno... Y dice tata que disculpe que él
al aclarar se tuvo que dir por el misterio que tiene...
Yo me quedé pensando. Después le dí un real para caramelos
y le pregunté:
-¿Cómo se llama tu padre?
-Mi padre es "Sétimo" Larrosa... ¿No ve que tata tiene
seis hermanos antes?
-¡Qué cosa bárbara!- dijo el de la libreta.
-Y yo:
-Es que en la vida hay cada misterio más misterioso que la muerte.
Juan José Morosoli