La poesía no puede ser una mano sino un ala. Las almas de las cosas le son más tangibles que sus cuerpos. Por eso, su infalible brújula golondrinesca se orienta siempre hacia el interior en pos de infinitas profundidades, de inviolables honduras que lejos de oscurecerse, compendian la luminosidad de todas las primaveras, algunas de las cuales tal vez fueron veranos ahora mitigados por piadosas brisas; acaso inviernos hoy entibiados por un sol que rehusa los ocasos u otoños que aprendieron a evitar su dorada caducidad. Esa milagrosa estación, pluralizada pero única, constituye un permanentemente buscado puerto al cual los marineros líricos suelen arribar pero negándose a echar anclas y anhelando en cambio, rehenchir sus velas con vientos de la inefable Arcadía para seguir navegando. El auxilio que ambicionan los poetas no es el de un refugio se éste no es al mismo tiempo, un trampolín. Hoja más que raíz; ala más que mano.
Las vivencias plasmadas en palabras por Cristina Arnoletti son “mil gorriones que posan para volver a volar”; o mejor colibríes-me parece que grises-visitadores de cálices que los hacen más conocedores de néctares que de granos, aunque también muy frecuentemente, liban en los áloes, a juzgar por lo que confiesan o denuncian sus picos acibarados.
El poemario de tal artista es un himno triste y nostálgico dedicado al amor.
Decir la pena propia no implica obligar a que los demas la compartan. Es algo mucho más generoso: advertir, avisar, quizas enseñar que todos los dolores traen algo así como una especie de anestesia incorporada,que se origina en lo que llamamos fe o en la cualidad insustituíble de atesorar pretéritos que no se repetirán.
El hecho de prescindir ,entre otros requisitos, de la rima,si bien desde hace muchísimo tiempo no representa ninguna sorprendente novedad, es aquí como una involuntaria demostración de gran lucidez.La plausible autora sabe que los lectores tenemos –o debiéramos tener- un sentido auditivo, categóricamente íntimo, para cuya capacidad de percepción no es indispensable la existencia de un órgano convencionalmente nominado.
Hay sonidos que no se oyen y sin embargo se sienten. Nuestro cometido, entonces,no será otro que mantener abierto ese diafragma detrás del cual está la fácil posibilidad de captar.
Para eso es la poesía. Para eso y para que Cristina nos llegue con sus melancolías, con sus pasos heridos pero no titubeantes; con sus ayeres... con su concepto de la vida.
Abel Soria